13 feb. 2008

10 Cuadras


A cada paso el cemento parecía mas duro,
más sólido, más impenetrable,
De pronto los vi.
Los vi encerrados, amontonados,
Custodiados por decenas de lanzas.

Rejas. Que palabra tan horrible.
Los vi presos, en sus corazas de hierro,
echando humo,
aturdidos,
por los decibeles de incalculables ruidos,
los vi,
y me vi reflejado en ellos.
Fue una Implosión, lloré.

Ahí comprendí:
Ya de pequeños nos ponen zapatos para que no pisemos la tierra. Y crecemos huérfanos, vagando por calles grises, atormentados por letreros de “NO PISAR EL CESPED”.
Un día nos descalzamos y el cemento nos quema. Rápidamente nos ponemos de nuevo los zapatos y deambulamos otra vez, y olvidamos. A veces nuestra madre llora, pero nos aseguramos que sus lágrimas no arruinen nuestras ropas. Tal vez un día llegamos a odiar la lluvia. Adoptados por los hombres olvidamos nuestra orfandad.


2 comentarios:

Mayü dijo...

Wow, me estás haciendo pensar demasiado. Cuando leo cosas como esta pienso que por unos segundos despierto, porque el constante contacto con el hombre me hace adormecer y no puedo notar la verdadera "realidad". Esa que nos pone en frente lo que es esencial, y diferenciarlo de lo que no.

Franco dijo...

que bueno que lo que uno escribe sirva para algo, gracias en serio.